Narratividad y Resistencia Social: La bicicleta como transporte alternativo en la ciudad de Pasto

Por: Luis Bustos

“Narramos en cuanto buscamos conocer-nos. Tal vez por eso es que nos educamos a través de historias, amamos seduciendo con historias, vivimos para tener experiencias que se puedan convertir en historias.” (Buxó y De Miguel, 1999: 19)

El sistema capitalista, regido por la acumulación de capital en pocas manos, ha generado una profunda desigualdad social, política y ambiental. Esta estructura dominante impone un modelo de vida centrado en el consumo, donde el vehículo motorizado se convierte en símbolo de estatus, éxito y confort, al tiempo que invisibiliza otras formas de habitar la ciudad. El modelo neoliberal ha colonizado incluso la movilidad, relegando a ciclistas y peatones a los márgenes de la planificación urbana.

La ciudad de San Juan de Pasto, en el sur de Colombia, no ha escapado a esta lógica. A pesar de su tamaño y condiciones geográficas favorables para caminar o usar la bicicleta, en este último tiempo ha incrementado el parque automotor. Entre 2006 y 2019, el número de vehículos aumentó un 375%, alcanzando 180 mil motos para una población de 430 mil habitantes. Esta situación genera impactos negativos evidentes: contaminación del aire, ruido, inseguridad vial, pérdida de espacio público y una creciente dependencia del petróleo, fenómeno que algunos equiparan con una adicción social.

Las ciudades modernas han sido diseñadas para el automóvil, generando calles hostiles para los peatones y ciclistas. Este “carro-centrismo” responde a una lógica de mercado que prioriza el consumo individual sobre lo colectivo, rompiendo los lazos comunitarios y empobreciendo la calidad de vida urbana. Como lo señala Litman (2005), los efectos del uso masivo del automóvil abarcan desde la contaminación ambiental hasta la pérdida de cohesión social.

En este contexto, la bicicleta emerge como un acto de resistencia y transformación social. Más allá de su uso recreativo o deportivo, representa una apuesta política por una movilidad sostenible, incluyente y en armonía con la naturaleza. Pedalear es un gesto cotidiano con implicaciones profundas: cuestiona la lógica del consumo, recupera el espacio público y reivindica otras formas de habitar la ciudad.

Andrea Ordoñez y la bicicleta como herramienta de cambio

El testimonio de Andrea Ordoñez, activista por la movilidad y fundadora de Contra-Reloj —la primera empresa de mensajería en bicicleta legalmente constituida en Colombia—, ilustra cómo la bicicleta se convierte en motor de cambio personal y colectivo. Andrea inició su camino como ciclista buscando mejorar su salud y terminó convirtiéndose en una líder del activismo urbano. Su experiencia visibiliza no solo la lucha por los derechos del ciclista, sino también el empoderamiento femenino en un entorno patriarcal, donde tradicionalmente los mensajeros eran hombres.

La falta de infraestructura adecuada, la discriminación y la invisibilización del ciclista fueron el punto de inflexión para que Andrea se convirtiera en defensora del espacio público. Desde su activismo, ha impulsado procesos pedagógicos y políticos que hoy permiten la participación ciudadana en planes de movilidad, como en el caso de la BiciRed Nariño, red que articula distintos colectivos en la lucha por una ciudad más habitable.

Su relato es un ejemplo claro de cómo esta posición de resistencia se convierte en un acto político. La bicicleta no es solo un medio de transporte, sino un dispositivo pedagógico, social y cultural que permite reapropiarse del cuerpo, del espacio y del derecho a la ciudad. En palabras de Quijano (2019), “la epistemes no solo se encuentra en las universidades, sino en la vida cotidiana de campesinos, indígenas, mujeres y niños”.

La bicicleta como símbolo de otra ciudad posible.

El caso de Pasto permite observar cómo las dinámicas globales de consumo también afectan a ciudades intermedias. La expansión del parque automotor no solo es un problema ambiental, sino también una expresión del modelo de desarrollo que prioriza lo económico sobre lo humano. Las políticas públicas han favorecido la motorización sin considerar sus efectos negativos en la salud, el ambiente o la convivencia urbana.

Frente a ello, los colectivos ciclistas como EnBiciclate, Travesías Pasto y la misma BiciRed han jugado un papel clave en la transformación cultural de la ciudad. Estas organizaciones ciudadanas promueven una movilidad consciente, y con su activismo han logrado incidir en la agenda pública, generando veeduría y propuestas concretas desde la ciudadanía.

Pedalear implica asumir una postura crítica frente al modelo dominante, reconocer el valor del espacio público y construir una ciudad desde el respeto por los peatones y ciclistas. Como lo señala Andrea Ordoñez, el reto no es solo criticar a las instituciones, sino proponer alternativas viables que promuevan procesos transformadores.

Frente al colapso ambiental, social y urbano que trae consigo el modelo motorizado, la bicicleta representa una apuesta ética y política. En Pasto, diversos actores han demostrado que es posible construir otras formas de ciudad desde lo cotidiano, desde abajo, desde el sur. La bicicleta permite imaginar una ciudad más justa, caminable, respirable y habitable para todos y todas.

Activistas, peatones y bici-usuarios que, desde sus prácticas diarias, están transformando la ciudad. Porque narrar también es resistir, y en cada pedaleo hay una historia que desafía al modelo impuesto. Como ejercicio de gloCalización, para tejer redes desde lo local a lo global, reconociendo que las luchas que nacen en Pasto tienen eco en muchas otras ciudades del mundo.